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Editorial Catalpa

Enrique Medina: el escritor que transformó su infancia terrible en una obra clave

Es emotivo compartir café y escuchar, al borde del llanto, a un hombre de 86 años que recuerda una noche de cuando era niño y percibió el clic interior que todos, antes o después, tenemos: “Yo tendría unos 8 años y me puse a llorar… ¿sabés por qué lloré? Porque en ese momento tomé conciencia de que servía para algo.”

Enrique Medina, el autor de Las tumbas, libro emblemático de la literatura argentina, hace silencio y respira profundo. Quiere evitar lágrimas. “La puta que lo parió, debe ser la edad”, susurra, los ojos brillosos, la sonrisa forzada.

La emoción le viene por el recuerdo de una noche en que se escapó de un instituto de menores en el que vivía. Se escapó para ver por sí mismo, en las vidrieras de la legendaria Tienda Gath & Chaves, en la calle Florida de la ciudad de Buenos Aires, un mueble de mimbre que había hecho él.

Después de mirar como solo los pibes pueden mirar algo por primera vez, algo que los marcará para siempre, Medina volvió a dormir al instituto.

“Mi verdadera profesión es mimbrero. Es la que aprendí en los talleres de las tumbas (así se les decían hace más de 70 años a los institutos de menores). Había talleres de mecánica, de electricidad, de todo lo que te daba chances de encontrar trabajo”, explica.

Las tumbas, la durísima novela en la que Medina cuenta su experiencia en aquellos institutos, cumple 50 años. Se publicó en julio de 1972 y no paró de agotarse ni de reeditarse. Fue censurada en tiempos de la dictadura militar junto a otros libros suyos: El Duke (1976) y Perros de la noche (1978).

Habrá una edición aniversario a cargo de Editorial Catalpa. Por su parte, la editorial Muerde Muertos publicará este año el guión cinematográfico, que no es el que llegó a las pantallas a través de Javier Torre, en 1991. A la vez acaba de publicar un libro de relatos, La ciudad dorada.

Un cajón de manzanas

En el verano del 37/38 una mujer cuida a su recién nacido en el Hospital Rivadavia. Quiere alargar la estadía porque en el Rivadavia hay buena cama y mejor comida. Pide, cada día, un día más.

Intenta demorar el regreso al cuartito de pensión sin baño que alquila un boxeador amigo de su marido y que les cede un pequeño espacio separado por una cortina.

Su marido, el padre del chico, también es un boxeador sin cartel; alguna pelea en el Luna Park pero no más que eso. “Mi mamá entendió que en esas condiciones no había futuro”, dice aquel pequeño que ahora es un tipo grande, que viajó y viaja por el mundo, que trabajó en el cine y la televisión, que escribió libros y ganó premios y reconocimiento.

(…)

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