Cincuenta años de la publicación de Las tumbas de Enrique Medina
Entrevista a Enrique Medina por Demián Paredes. Publicada en Página/12 el 12 de junio de 2022.
Mientras se prepara una edición homenaje para este año, se cumplen cincuenta años de la aparición de Las tumbas de Enrique Medina, un verdadero boom de la literatura argentina que sacudió a la sociedad en 1972 retratando la vida cotidiana en los internados y reformatorios para menores.
Hace cincuenta años, en julio de 1972, Enrique Medina hacía un resonante debut literario con Las tumbas, novela de base autobiográfica, que de inmediato agotó edición tras edición, transformándose así en un best-seller de época, impactando a quienes la leían por su lenguaje crudo y directo, sacudiendo conciencias y desconocimientos con las sufridas historias juveniles que allí aparecen, en los reformatorios y similares instituciones. Hasta la edición número 26 se imprimió, quedando agotada en enero de 1977 cuando la dictadura militar ya se encontraba en el poder, y con la obra en la lista negra de la censura, como tantos otros libros de Medina: El Duke (1976) y Perros de la noche (1978). En octubre de 1982 se retoma la publicación, y continúa agotando ediciones desde entonces.
–Enrique, comenzó a escribir durante el período juvenil, en el que tuvo que pasar por varios reformatorios. ¿De qué modo y con qué objetivos surgió la necesidad de escribir? ¿Qué buscaba, o pretendía, o ambicionaba, con los primeros textos?
–En ese tiempo jamás imaginé ni pretendí ser escritor. Fue de casualidad, como última opción. En las tumbas los días de lluvia impedían que jugáramos al fútbol, así que nos encerraban en unos grandes patios cubiertos y sentados en el piso como buditas debíamos escuchar al que pasaba adelante y nos “contaba una película”. Y así nos entretenían para pasar el tiempo. Los que contaban la película inventaban una historia basada en fragmentos de las películas vistas. No sólo había que saber contarla, sino “actuarla”. Se suponía que los que nos destacábamos en algo, también deberíamos saber contar películas. Eso se descontaba. Y como yo era bueno jugando al fútbol, estaba obligado. Pero no lo hacía bien, me abatataba y me enredaba en la historia y todo finalizaba en un bochorno. Por lo que me obligué a inventar historias, que escribía y memorizaba. Por suerte en aquellos tiempos en los estudios primarios, los maestros nos exigían, y yo era bueno en la materia “lenguaje” donde nos enseñaban leyendo cuentos y poesías. Desde chico fui un gran lector. Creo que tengo leída toda la literatura argentina.
–¿Y esa historia, cómo sigue?
–Mi meta era la imagen. Primero intenté el teatro con Marcelo Lavalle, el gran maestro de entonces. Pero de actor, nada. Luego estudié cine en el centro “Cine Experimental”, con profesores magníficos como Carlos Bocardo, Maissegaier, Ramiro de Casasbellas, además con clases magistrales de Inda Ledesma y Leopoldo Torre Nilsson. Empecé trabajando en los equipos de iluminación y tuve suerte. Pero el país empezaba a torcerse mal y entonces me fui a Uruguay a trabajar en una compañía de marionetas. Pero Montevideo estaba peor, así que viviendo en los camarines de un teatro, y con mucho tiempo libre, escribí mis dos primeros textos. Por las mañanas Sólo ángeles, que era una especie de cuaderno de notas de lo vivido por un marginal. Y por las tardes escribía Las tumbas. Y tuve suerte. Nada buscaba ni nada pretendía ni ambicionaba, simplemente tenía que hacer algo. La literatura siempre fue, digamos hasta mis treinta años, como la última salida en mi vida. Yo, disfrutaba leyendo.
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